O peor,
de estarlo pero que inmediatamente cambien el parámetro de
medición porque les parece demasiado bajo.
El sentimiento de no lograr lo que otros quieren para ellos
a través de ti,
mientras te hacen pensar que era tu sueño lo que no has conseguido.
El estado de insatisfacción que el prójimo te arroja
por miedo a que te sientas grande,
mientras en tu fondo emocional te sientes como Karl the
Giant en Big Fish -si no fuera
por ellos, claro-
Ellos*: aquellos que en tus mayores dificultades te han regalado felicidad sin contra reembolso, pero que con la mayor facilidad son capaces de hacerla añicos.
Y yo solo digo que la opinión, odio, desprecio o
desvaloración que cualquiera haga de ti/hacia ti solo te den más ganas de evolucionar y
crecer, de amar, apreciar y estimar la vida.
De conocer tus valores, tus metas y reconocer tus logros.
Porque nadie querrá lo mejor para ti que tú mismo y nadie
sabe lo que vale cada paso que das porque no conoce tu senda ni tu manera de
caminar, ni tu ritmo, ni tu velocidad.
Ni siquiera aquellos que viajan a tu vera las 24 en los 7.
Es más, esos son los peores cuando utilizan la palabra como flecha a la cabeza
que mantiene la manzana: y es que creer no es saber. Ilustres ignorantes, el
que sabe siempre cree (y cae) primero, el que cree no siempre sabe y cuando
aquello cree, cae y no levanta. Patada en la boca al sabelotodo.
Así que no dejemos que nadie determine cuál es nuestra
recompensa.
Juzgar siempre está de más. Y encima ahora, también está de
moda.